Recordar mi primer contacto con el sexo todavía me pone muchas cosas de punta.
Reviviendo aquellas imágenes, rememorando aquellos aromas, el corazón se me acelera hasta querer escaparse del pecho, ¡y no es el único órgano que busca escapar de su guarida de forma explosiva!.
En aquel entonces tenía apenas vello, tanto en el pubis como en la cara y, aún no había llegado, ni de lejos, a la madurez de la foto. Pero raro era el día que el asta de mi bandera no se elevaba al cielo una docena de veces. Con tantas ansias descontroladas, era cuestión de tiempo encontrar una ocasión propicia para dar el salto cualitativo y aprender a utilizar mi arma.
Vino a presentarse esta, ¡cómo no!, llegado el verano. Mis padres, holgados burgueses, tenían desde hacía años una casa en la costa. La compraron cuando aún no existían limitaciones a la primera línea de playa con lo que el final de la finca coincidía con el principio de una cala escondida que, aunque no era estrictamente privada, en la práctica solo la compartíamos con los vecinos.
Ni que decir tiene que la casa de mis padres, dada su localización, era la envidia de la familia. A poco que se esforzaban siempre encontraban ocasión para visitarnos. Mis padres, por su parte, no sé bien si por alardear o por verdadera hospitalidad, no dudaban nunca en dar cobijo durante unos días a quienes se quisieran acercar a vernos. De esta manera, yo, que pasaba allí los tres meses del verano, veía desfilar, uno tras otro, a tíos, primos, familia lejana e incluso a sus amigos.
Fue en una de esas visitas en la que la oportunidad se presentó cuando menos se esperaba.
Aquel verano mi tío Fermín, hermano de mi padre, que era un hombre ya mayor, o al menos, a mí me parecía mayor, decidió que por una vez iba a dejar de lado su habitual animadversión a la playa y se iba a decidir a visitarnos.
Aunque en Madrid nos veíamos con cierta frecuencia, hasta ese año él nunca se había decidido a pasar con nosotros unos días de vacaciones, y eso que mis padres se lo habían ofrecido en muchas ocasiones, no en vano, de los seis hermanos de mi padre, ellos eran los hermanos que mejor se llevaban. Al fin, para suerte mía, debieron encontrar el resorte mágico que le convenció.
Aunque en Madrid nos veíamos con cierta frecuencia, hasta ese año él nunca se había decidido a pasar con nosotros unos días de vacaciones, y eso que mis padres se lo habían ofrecido en muchas ocasiones, no en vano, de los seis hermanos de mi padre, ellos eran los hermanos que mejor se llevaban. Al fin, para suerte mía, debieron encontrar el resorte mágico que le convenció.
Mi tío estaba casado con Estela, una mujer hermosa, unos diez años menor que él, que, en general, no gozaba del beneplácito de la familia de mi padre debido a un pasado algo oscuro y a que ya tenía una hija cuando se casó con él. Raquel, que en aquel entonces contaba con solo cuatro años, ahora tení quince o dieciséis.
Raquel era el vivo retrato de su madre pero con la frescura de la adolescencia. Cuando se las veía a las dos juntas más parecían hermanas que madre e hija, y en cierta manera, así actuaban. Ambas tenían un rostro de expresión dulce, del que destacaban unos ojos verdes claro. El cabello largo y oscuro, les caía por la espalda hasta la cintura. Sus cuerpos dejaban ver curvas de locura, armoniosas, delicadas y proporcionadas, que arrastraban zigzagueando a la mirada más recta. Ambas lucían unos pechos grandes y redondeados, más crecidos los de la madre que los de la hija aunque los de esta última, exhibían una firme turgencia. Lo más espectacular de ellas, sin embargo, no eran las virtudes anteriores con ser éstas importantes, si no la descarada desfachatez con las que las exhibían.
Yo, por supuesto ya las conocía, pero el calor verano y el cambio de escenario en que las admiraba, transformaron mi perspectiva de forma radical.
Eso, y el poder verlas en bikini.
Desde el día que llegaron mis ojos solo se apartaban del cuerpo de una para clavarse en el de la otra.
A partir de entonces me invadió una obsesión que me oprimía el pecho y erizaba el pene. Contemplarlas en bikini era un placer, por supuesto, pero no era suficiente. Yo necesitaba algo más. Y aunque no sabía exactamente qué más podía obtener, sí tenía claro que pasaba indefectiblemente por ver esos cuerpos al natural. Conforme pasaban las horas, me carcomía el deseo mientras las observaba tumbadas al sol junto a la piscina o en la playita privada. En mi imaginación las desnudaba una y otra vez. Las imaginaba juntas y por separado, desnudas o solo en top-less, tumbadas con sus cuerpos empapados en sudor o sumergidas en el agua ofreciéndome ondulantes visiones.
Eso, y el poder verlas en bikini.
Desde el día que llegaron mis ojos solo se apartaban del cuerpo de una para clavarse en el de la otra.
A partir de entonces me invadió una obsesión que me oprimía el pecho y erizaba el pene. Contemplarlas en bikini era un placer, por supuesto, pero no era suficiente. Yo necesitaba algo más. Y aunque no sabía exactamente qué más podía obtener, sí tenía claro que pasaba indefectiblemente por ver esos cuerpos al natural. Conforme pasaban las horas, me carcomía el deseo mientras las observaba tumbadas al sol junto a la piscina o en la playita privada. En mi imaginación las desnudaba una y otra vez. Las imaginaba juntas y por separado, desnudas o solo en top-less, tumbadas con sus cuerpos empapados en sudor o sumergidas en el agua ofreciéndome ondulantes visiones.
De cuando en cuando, conseguía liberarme un momento de mis obsesiones y me acercaba a Raquel. A pesar de la diferencia de edad, pasábamos buenos ratos charlando. Ella, que por supuesto se daba perfecta cuenta de mis ansias, de alguna manera, las alimentaba, eso sí, sin superar el umbral de la sutileza.
Unas veces me pedía que le embadurnara de crema bronceadora, otras se colocaba la ropa en el preciso instante en que mis ojos podían atisbar por las rendijas. Yo buscaba desesperadamente el contacto furtivo con su piel. Y a cada pequeña victoria, mi ánimo se calentaba más y más. Envuelto en ese torbellino de sensaciones, yo no me daba cuenta de que era, igualmente, observado. Cada vez que se abultaba mi bañador, unos ojos se clavaban fijamente en él, sin perder de vista ningún detalle. Sin apreciarlo, se estaba forjando mi suerte.
Fue al cuarto día cuando mis padres propusieron salir a navegar en el yate. Yo imaginé que eso podría darme una oportunidad. La moralidad en el mar es más laxa que en tierra y no era la primera vez que mujeres y hombres acababan medio desnudos tomando el sol, mis padres incluidos. Por eso me dejó descolocado que Raquel se excusara alegando se mareaba. Tal vez, me conforme, pudiera ver algo de Estela. Pero ella estuvo mucho más hábil que yo y sugirió que me quedara con ella para que no se quedara sola.
A todos les pareció una buena idea, así que en cuestión de una hora nos quedamos solos en casa. Cuando mi primastra se aseguró de que estábamos solos y así íbamos a continuar, dejó de lado los complejos, si es que en algún momento los tuvo, y me mostró toda la lujuria que encerraba en ese cuerpo.
Se sentó cerca del borde de la piscina y me pidió que me acercara. No necesitó repetírmelo. Me senté junto a ella pero en dirección opuesta, de forma que ambos nos veíamos las caras. Ella empezó a rozarme con el índice. Primero a lo largo del brazo, luego pasó por el hombro y bajó hacia el pecho. Ni que decir tiene que mi miembro estaba en esos momentos a punto de reventar. Por eso lo que pasó después fue aún más sorprendente. Ella siguió bajando con el índice. Atravesó el abdomen, cruzó el pubis y se paseó por mi polla hasta llegar a la punta. Una vez ahí se detuvo, hizo un poco de presión y la soltó. Como un trampolín, aquel mástil endurecido cimbreó como un junco al viento, mientras mi cara enrojecía, mitad de vergüenza, mitad de deseo. Me retó a que hiciera el mismo movimiento pero usando sus pezones como trampolín. No lo dudé ni un instante y me abalancé con ambos índices. Ella tuvo la habilidad de separar la prenda de ropa de la piel justo cuando mis dedos pasaban por la frontera, con lo que consiguió un doble objetivo, que tocara directamente sus pezones endurecidos y que la despojara de la parte superior de su bikini.

No podía creer lo que mis ojos veían y mis dedos palpaban, estaba tan anonadado que casi no podía reaccionar. Ella en cambio sí lo hizo. Sin evitar que siguiera acariciándole los pechos, acercó sus manos a mí y hábilmente logró sacar mi miembro de su guarida. Hinchado, desplegado en todo su esplendor, aquel compañero de anhelos estaba irreconocible para mí. Jamás hasta entonces me la había visto tan inmensa, con el capullo tan hinchado que parecía reventar, y babeando un líquido por entonces irreconocible para mí.
Raquel supo que no quedaba mucho tiempo, pero no se alarmó, sabía que había reservas para todo el día así que se dispuso a mostrarse generosa. Con una mano abarcó todo lo que pudo del tallo de mi pene, apretándolo con firmeza, mientras que con la otra se dispuso a juguetear con la abultada parte sobrante. Con la punta de sus dedos movía lenta y delicadamente el retirado prepucio acariciando suavemente el glande.Creía que me iba a morir de placer.
A pesar de la lentitud de sus movimientos, no tuvo que repetirlos mucho para que llegara al clímax. Para mi sorpresa, el jadeo y el goce se transformó en incontenible y de repente sentí como un río de placer se desbordaba transformando mi polla en una cascada. Sentí vergüenza. No sabía muy bien qué era aquello. Pero tampoco me concentré en ella. Por una parte el placer que sentía desplazaba el retraimiento, por otra, un nuevo gesto de Raquel desviaba la atención. Porque aún no había terminado de eyacular cuando ella abalanzó su boca y empezó a chuparme el glande como si de un caramelo se tratara. La dejé que chupara hasta que empezó a ser molesto, luego me tumbé hacia atrás exhausto.
Fue entonces cuando Raquel me dijo:
"Descansa y recupera fuerzas que esto es solo el principio"
Y sentí como, de nuevo, mi miembro iba recuperando fuerza.
Pero eso forma parte de otro post.
Fue al cuarto día cuando mis padres propusieron salir a navegar en el yate. Yo imaginé que eso podría darme una oportunidad. La moralidad en el mar es más laxa que en tierra y no era la primera vez que mujeres y hombres acababan medio desnudos tomando el sol, mis padres incluidos. Por eso me dejó descolocado que Raquel se excusara alegando se mareaba. Tal vez, me conforme, pudiera ver algo de Estela. Pero ella estuvo mucho más hábil que yo y sugirió que me quedara con ella para que no se quedara sola.
A todos les pareció una buena idea, así que en cuestión de una hora nos quedamos solos en casa. Cuando mi primastra se aseguró de que estábamos solos y así íbamos a continuar, dejó de lado los complejos, si es que en algún momento los tuvo, y me mostró toda la lujuria que encerraba en ese cuerpo.
Se sentó cerca del borde de la piscina y me pidió que me acercara. No necesitó repetírmelo. Me senté junto a ella pero en dirección opuesta, de forma que ambos nos veíamos las caras. Ella empezó a rozarme con el índice. Primero a lo largo del brazo, luego pasó por el hombro y bajó hacia el pecho. Ni que decir tiene que mi miembro estaba en esos momentos a punto de reventar. Por eso lo que pasó después fue aún más sorprendente. Ella siguió bajando con el índice. Atravesó el abdomen, cruzó el pubis y se paseó por mi polla hasta llegar a la punta. Una vez ahí se detuvo, hizo un poco de presión y la soltó. Como un trampolín, aquel mástil endurecido cimbreó como un junco al viento, mientras mi cara enrojecía, mitad de vergüenza, mitad de deseo. Me retó a que hiciera el mismo movimiento pero usando sus pezones como trampolín. No lo dudé ni un instante y me abalancé con ambos índices. Ella tuvo la habilidad de separar la prenda de ropa de la piel justo cuando mis dedos pasaban por la frontera, con lo que consiguió un doble objetivo, que tocara directamente sus pezones endurecidos y que la despojara de la parte superior de su bikini.

No podía creer lo que mis ojos veían y mis dedos palpaban, estaba tan anonadado que casi no podía reaccionar. Ella en cambio sí lo hizo. Sin evitar que siguiera acariciándole los pechos, acercó sus manos a mí y hábilmente logró sacar mi miembro de su guarida. Hinchado, desplegado en todo su esplendor, aquel compañero de anhelos estaba irreconocible para mí. Jamás hasta entonces me la había visto tan inmensa, con el capullo tan hinchado que parecía reventar, y babeando un líquido por entonces irreconocible para mí.
Raquel supo que no quedaba mucho tiempo, pero no se alarmó, sabía que había reservas para todo el día así que se dispuso a mostrarse generosa. Con una mano abarcó todo lo que pudo del tallo de mi pene, apretándolo con firmeza, mientras que con la otra se dispuso a juguetear con la abultada parte sobrante. Con la punta de sus dedos movía lenta y delicadamente el retirado prepucio acariciando suavemente el glande.Creía que me iba a morir de placer.
A pesar de la lentitud de sus movimientos, no tuvo que repetirlos mucho para que llegara al clímax. Para mi sorpresa, el jadeo y el goce se transformó en incontenible y de repente sentí como un río de placer se desbordaba transformando mi polla en una cascada. Sentí vergüenza. No sabía muy bien qué era aquello. Pero tampoco me concentré en ella. Por una parte el placer que sentía desplazaba el retraimiento, por otra, un nuevo gesto de Raquel desviaba la atención. Porque aún no había terminado de eyacular cuando ella abalanzó su boca y empezó a chuparme el glande como si de un caramelo se tratara. La dejé que chupara hasta que empezó a ser molesto, luego me tumbé hacia atrás exhausto.
Fue entonces cuando Raquel me dijo:
"Descansa y recupera fuerzas que esto es solo el principio"
Y sentí como, de nuevo, mi miembro iba recuperando fuerza.
Pero eso forma parte de otro post.



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